Sunday, June 25, 2017

De la Vida Después de la Muerte - El Alma en su Camino al Cielo.

Ya hablamos más arriba sobre la etapa de "evaluación," que algunos pasan inmediatamente después de su separación del cuerpo. Evidentemente esta fase tiene algo en común con el juicio personal, o con la preparación para él.

En las vidas de los Santos y en la literatura espiritual, hay relatos de cómo, después de la muerte del hombre, el alma es acompañada de su Ángel Guardián, que la lleva al cielo a adorar a Dios. A menudo, en este camino, los demonios viéndola, la rodean, para asustarla y llevarla consigo. Esto se debe, según las Sagradas Escrituras, al hecho que los ángeles rebeldes, después de su expulsión del Cielo, se adueñaron del espacio, si se lo puede llamar así, entre la tierra y el Cielo. Por eso, el apóstol Pablo llama a satanás el "príncipe que gobierna en el aire" y a sus demonios — los espíritus "infracelestes" del mal (Efes. 6:12; 2:2). Estos espíritus infracelestes errantes, viendo el alma conducida por el Ángel, la rodean y la acusan de sus pecados hechos en la tierra. Siendo sumamente descarados, tratan de espantarla, llevarla a la desesperación y adueñarse de ella. En este tiempo el Ángel la defiende y la anima. De lo dicho no hay que sacar la conclusión que los demonios tienen algún derecho sobre el alma humana, — ellos mismos están predestinados a ser juzgados por Dios. Ellos sólo aprovechan, en su descaro, que el alma durante su vida en la tierra en algo les obedecía. Su lógica es simple: "Si tú actuabas como nosotros, tu lugar es con nosotros."

En la literatura eclesiástica, este encuentro con los demonios se llama "tribulaciones" (Entre los Padres de la Iglesia hablan sobre este tema San Efrem el Siríaco, Atanasio el Grande, Macario el Grande, Juan Crisóstomo y otros). Más detalladamente desarrolla ese tópico San Cirilo de Alejandría, en su "Palabra sobre la separación del alma," que forma parte del Salterio Liturgico. Una descripción muy clara de este camino se encuentra en la vida del Beato Basilio el Nuevo (Siglo X), donde aparece la Bienaventurada Teodora, fallecida, que relata lo que vio y sintió después de la separación con el cuerpo. Las descripciones de las tribulaciones se pueden encontrar, asimismo, en el Libro "Los eternos misterios de ultratumba." Leyendo estos relatos hay que tener presente que hay mucho de relativo en ellos, ya que las circunstancias reales del mundo espiritual, no se parecen al nuestro.

Un encuentro semejante con los espíritus del mal infracelestiales, está descripto por Ikskul, cuyo relato comenzamos más arriba. He aquí lo que pasó cuando los dos Ángeles vinieron a buscar su alma: "Comenzamos a subir rápidamente, y a medida que lo hacíamos, veía yo un espacio cada vez mayor, y al final, cuando este espacio tomó tan horripilantes dimensiones enormes, sentí miedo al sentirme tan ínfimo ante tan inconmensurable desierto. Había también ciertas características en mi visión. En primer término, estaba oscuro, pero yo veía todo con claridad, por consiguiente mi vista adquirió la facultad de ver en la oscuridad. En segundo lugar, mi vista abarcaba un espacio tal que es imposible para una vista común.

La idea del tiempo, desapareció de mi mente y yo no sé cuánto tiempo más subimos. De repente se oyó un ruido indefinido y luego apareciendo, no se sabe de dónde, con gritos y ruido, se acercó a nosotros una muchedumbre de seres repugnantes. "Demonios," — entendí con inusual rapidez y me helé de un horror especial, desconocido por mí hasta ahora. Rodeándonos por todos lados, ellos con gritos y ruido, exigían que se me entregue a ellos, trataban de agarrarme y arrancarme de alguna manera de las manos de los Ángeles, pero, evidentemente no se atrevían a hacerlo. En esta repugnante algarabía, tanto para el oído, como para la vista, yo lograba, a veces, escuchar palabras y hasta frases enteras.

— "Él es nuestro, él negó a Dios," — de repente como a una voz gritaron ellos y ahora ya con todo descaro se tiraron sobre nosotros, que del horror por un instante se me heló el pensamiento. "¡Es mentira! ¡Eso no es verdad!" volviendo en mí, quise gritar, pero la servicial memoria me ató la lengua. De una manera incomprensible recordé, de repente, un hecho trivial relacionado con mi adolescencia, y que antes tenía completamente olvidado.

Recordé, que en el tiempo cuando todavía estudiaba, nos reunimos en casa de un compañero, y charlando primero sobre las cosas de la escuela, pasamos a hablar de temas elevados y abstractos — como pasaba a menudo.

— "No me gustan las abstracciones, — decía uno de mis compañeros, — pero esto es ya completamente imposible. Puedo creer en alguna, aunque sea hasta ahora no estudiada por la ciencia, fuerza de la naturaleza, o sea, puedo aceptar su existencia, sin ver sus claras manifestaciones, ya que ella puede ser tan ínfima, que se confunde en sus acciones con otras fuerzas y es difícil distinguirla; pero creer en Dios como Ser Personal y Omnipotente, — creer cuando no veo por ningún lado claras manifestaciones de esta Personalidad — esto ya es un absurdo. Me dicen: Cree. Pero por qué debo creer, cuando en forma idéntica, puedo creer que Dios no existe. ¿No es cierto acaso? ¿Y es posible, que Él no exista?" Ya directamente se dirigió a mí, mi compañero.

— "Puede ser, que no exista," dije yo. Esta frase era verdaderamente una "frase vana": el discurso insensato de mi amigo no podía despertar en mí dudas acerca de la existencia de Dios. Yo ni siquiera seguía con atención de qué se hablaba — y he aquí que esta frase vana, no desapareció sin dejar rastro. Yo debía justificarme, defenderme de la acusación recibida... Esta acusación aparentemente, era el argumento más fuerte para mi perdición, para los demonios. Era como si ellos sacaran de él una nueva fuerza para el atrevimiento de sus ataques y con un atroz rugido, giraron alrededor de nosotros, cortándonos el camino.

Me acordé de la oración y comencé a orar, llamando en auxilio a aquellos Santos que conocía o cuyos nombres recordaba. Esto no espantó a mis enemigos. Pobre ignorante, cristiano sólo de nombre, yo posiblemente, por primera vez me acordé de Aquella que se llama la Protectora de los cristianos.

Pero, evidentemente, mi llamado a Ella era tan ferviente, hasta tal punto estaba mi alma llena de horror, que apenas yo, recordando, articulé Su Nombre, alrededor nuestro repentinamente apareció como una neblina blanca que rápidamente cubrió la repugnante masa de demonios, y éstos desaparecieron de mis ojos, antes de separarse de nosotros. Su rugido todavía se escuchó durante un tiempo, luego comenzó a debilitarse y comprendí que la terrible persecución nos había dejado.

El miedo experimentado por mí, era tan fuerte, que no sabía si seguíamos nuestro vuelo durante este horrible encuentro o si nos detuvimos por un tiempo. Entendí que nos movíamos, que continuábamos elevándonos hacia arriba, solo cuando nuevamente se abrió ante mí el espacio infinito.

Después de recorrer cierta distancia, vi una fuerte luz sobre mí. Se parecía a la luz solar, pero era mucho más fuerte. Allí, seguramente, había algo así como un reino de la Luz. Si, justamente un reino, con pleno poder de la Luz, — adivinando con algún sentido especial nunca visto por mí, pensaba yo, — porque con esta luz no hay sombras. "¿Pero cómo puede ser la luz sin sombras?" enseguida surgieron, con extrañeza, mis conceptos terrenales.

De repente, rápidamente, entramos en la esfera de esta Luz, y Ella literalmente me encegueció. Cerré los ojos, cubrí con las manos mi rostro, sin resultado, ya que mis manos no daban sombra. ¡Y que hubiera significado aquí una defensa semejante!.

Pero pasó algo diferente. Majestuosamente, sin enojo, pero poderosamente e irrevocablemente sonaron desde arriba las palabras: "¡No está listo!" — Y luego... luego una instantánea parada en nuestra dirección ascendente — y rápidamente comenzamos a bajar. Pero antes de dejar estas esferas, me fue dado a conocer una manifestación especial. Apenas sonaron las palabras desde arriba, que todo en este mundo, parecía, que cada partícula de polvo, cada minúsculo átomo, las contestaron con su afirmación. Como un multimillonario eco, las repitió en un idioma intangible para el oído, pero comprensible para el corazón y el intelecto, expresando su total asentimiento a lo determinado por la voz. Y en esa unidad de la voluntad, había una magnífica armonía, y en esta armonía se sentía tanta inexpresable y entusiasmada alegría, ante la cual todos nuestros encantamientos y entusiasmos se parecían — un día sin sol. Como un inimitable acorde musical sonó este enorme eco y toda mi alma contestó con un fogoso impulso para reunirse a esta magnífica armonía.

Yo no entendí el verdadero significado de las palabras dirigidas a mí, o sea, no comprendí que debía volver a la tierra y vivir como antes. Pensé que me llevaban a algún otro lugar. El sentimiento de una tímida protesta se movió en mí, cuando, primero vagamente, como en una neblina matinal, comenzaron a perfilarse los contornos de la ciudad, y luego, claramente, aparecieron las calles conocidas y el hospital. Acercándose a mi cuerpo inanimado, el Ángel Guardián, me dijo: "¿Escuchaste lo determinado por Dios?" — E indicando mi cuerpo, me ordenó: — "¡Entra en él y prepárate!" Después de esto ambos Ángeles se hicieron invisibles para mí.

A continuación, K. Ikskul, relata su vuelta al cuerpo, que estuvo en la morgue durante 36 horas, y cómo los médicos y todo el personal se extrañó por el milagro de su vuelta a la vida. Poco después, K. Ikskul, se retiró a un Monasterio y terminó su vida como Monje.

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Saturday, June 17, 2017

Tres luces que son una Luz (Poemas Dogmáticos, 1, 2, 3). ( San Gregorio Nacianceno )


Bien sé que, al hablar de Dios a los que le buscan, es como si quisiéramos atravesar el mar con pequeñas naves, o nos lanzáramos hacia el cielo constelado de estrellas, sostenidos por débiles alas. Porque queremos hablar de ese Dios que ni siquiera los habitantes del Cielo son capaces de honrar como conviene.
Sin embargo, Tú, Espíritu de Dios, trompeta anunciadora de la verdad, estimula mi mente y mi lengua para que todos puedan gozar con su corazón inmerso en la plenitud de Dios.
Hay un solo Dios, sin principio ni causa, no circunscrito por ninguna cosa preexistente o futura, infinito, que abraza el tiempo, grande Padre del grande y santo Hijo unigénito. Es Espíritu purísimo, que no ha sufrido en el Hijo nada de cuanto el Hijo ha sufrido en la carne (...).
Unico Dios, distinto en la Persona pero no en la divinidad, es el Verbo divino. Él es la imagen viva del Padre, Hijo único de Aquél que no tiene principio, solo que procede del solo, igual hasta el punto de que mientras sólo Aquél es plenamente Padre, el Hijo es también creador y gobernador del mundo, fuerza e inteligencia del Padre.
Cantemos en primer lugar al Hijo, adorando la sangre que fue expiación de nuestros pecados. En efecto, sin perder nada de su divinidad, me salvó inclinándose, como médico, sobre mis heridas purulentas. Era mortal, pero era Dios; descendiente de David, pero creador de Adán; revestido de cuerpo, pero no partícipe de la carne. Tuvo madre, pero madre virgen; estuvo circunscrito, pero permaneció siempre inmenso. Fue víctima, pero también pontífice; sacerdote, y sin embargo era Dios. Ofreció a Dios su sangre y purificó el mundo entero. Fue alzado en la cruz, pero los clavos derrotaron al pecado. Se confundió entre los muertos, pero resucitó de la muerte y trajo a la vida a muchos que habían muerto antes que Él: en éstos se hallaba la pobreza del hombre, en Él la riqueza del Espíritu
Alma, ¿por qué tardas? Canta también la gloria del Espíritu; no separes en tu discurso lo que la naturaleza no ha dividido. Temblemos ante el poderoso Espíritu, como delante de Dios; gracias a Él he conocido a Dios. Él, que me diviniza, es evidentemente Dios: es omnipotente, autor de dones diversos, el que suscita himnos en el coro de los santos, el que da la vida a los habitantes del cielo y de la tierra, el que reina en los cielos. Es fuerza divina que procede del Padre, no sujeto a ningún poder. No es hijo: uno solo, en efecto, es el Hijo santo del único Bien. Y no se encuentra fuera de la divinidad indivisible, sino que es igual en honor (...).
[Ésta es la] Trinidad increada, que está fuera del tiempo, santa, libre, igualmente digna de adoración: ¡único Dios que gobierna el mundo con triple esplendor! Mediante el Bautismo, soy Regenerado como hombre nuevo por los Tres; y, destruida la Muerte, avanzo en la luz, Resucitado a una vida nueva. Si Dios me ha Purificado, yo debo adorarlo en la plenitud de su Todo.

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Sunday, June 11, 2017

Tropario a Todos los Santos - Tono 8°

† Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Tu Iglesia adornada, con la sangre derramada por Tus mártires en todo el mundo, como con purpura y lino puro, te exclama, oh Cristo Dios:
¡Envía Tus compasiones sobre Tu pueblo; y concede la paz a Tu comunidad y gran misericordia a nuestras almas!

† Ahora y Siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

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Sinaxis de todos los Santos

El domingo después de Pentecostés se dedica a todos los Santos, todos los que son conocidos y todos los que no son conocidos por nosotros si no únicamente por Dios. Siempre han existido los Santos, y han venido de todas las esquinas de la tierra. Ellos eran Apóstoles, Mártires, Profetas, Jerarcas, Monásticos y Justos, y todos han sido perfeccionados por el mismo Espíritu Santo.

El descenso del Espíritu Santo lo hace posible para nosotros ser elevados de nuestro estado decaído y alcanzar santidad, así cumpliendo con el mandamiento de Dios “de ser santo, porque Yo soy santo” (Lev. 11:44, 1 Pedro 1:16 y siguientes). Por eso es apropiado celebrar todos los Santos el primer domingo después de Pentecostés.

La fiesta se originó en un tiempo temprano, tal vez como celebración de todos los mártires, después fue ampliado para incluir a todos los hombres y mujeres quienes habían sido testigos de Cristo por sus vidas virtuosas, aunque no hubieran derramado su sangre por Él.

San Pedro de Damasco, en su “Cuarta Etapa de Contemplación”, menciona cinco categorías de Santos: Apóstoles, Mártires, Profetas, Jerarcas y Santos Monásticos (Filocalía Vol. 3). Él está repitiendo lo que dice en el Octoikos, Tono 2 de los Maitines del sábado, Katisma después del primer Estiquio.

San Nicodemo de la Santa Montaña (14 de julio) agrega a los Justos a las cinco categorías de San Pedro. La lista de San Nicodemo se encuentra en su primer libro “Las Catorce Epístolas de San Pablo” en su discusión sobre 1 Corintios 12:28.

La himnografía de la fiesta de Todos los Santos, también refiere a seis categorías: “Regocíjate, asamblea de los Apóstoles, Profetas del Señor, fieles coros de Mártires, divinos Jerarcas, Padres Monásticos y los Justos…”

Algunos de los Santos se describen como Confesores, una categoría que no se encuentra en ninguna de las listas mencionadas. Como ellos son muy parecidos en espíritu a los mártires, se consideran como perteneciendo a la categoría de los mártires. Ellos no fueron matados como los mártires, pero confesaron a Cristo con mucho valor y llegaron a la muerte con fe, por ejemplo, San Máximo el Confesor (21 de enero).

El orden de estos seis diferentes tipos de Santos parece estar basado en su importancia para la Iglesia. Los Apóstoles son primeros, porque ellos fueron los primeros en predicar el Evangelio al mundo.

Los Mártires siguen por su ejemplo de valor en profesando su fe antes los enemigos y perseguidores de la Iglesia, esto inspiro a muchos otros cristianos seguir a Cristo fielmente aun hasta la muerte.

Aunque cronológicamente los Profetas son anteriores, ellos son mencionados después de los Apóstoles y Mártires. Esto se debe a que los Profetas del Antiguo Testamento solo vieron sombra de lo que estaba por venir, mientras que los Apóstoles y los Mártires más experimentaron más de cerca. El Nuevo Testamento también toma preferencia sobre el Antiguo Testamento.

Los Santos Jerarcas componen la cuarta categoría. Ellos son los jefes de sus rebaños, enseñándolos por su ejemplo y palabra.

Los Santos Monásticos son aquellos que se apartaron de este mundo para vivir en monasterios, o en reclusión. Ellos no lo hicieron porque tenían odio para el mundo, pero para dedicarse a orar sin cesar y para batallar con los demonios. Aunque existen algunos que creen que los monjes y monjas no tienen uso y no producen, San Juan Clímaco tenía la más alta estima por ellos.

La última categoría de los Justos, son aquellos que alcanzaron la santidad en la vida mientras vivían “en el mundo.” Ejemplo son Abraham y su esposa Sara, Job, Santos Joaquín y Ana, San José el desposado, Santa Juliana de Lazarevo, y muchos más.

La fiesta de Todos los Santos adquirió gran prominencia llegando al noveno siglo, durante el reinado del Emperador Bizantino Leo VI el Sabio (886-911). Su esposa, la santa emperatriz Teofana (16 de diciembre) vivía en el mundo, pero no estaba apegada a las cosas mundanas. Ella fue una gran benefactora para los pobres, y muy generosa con los monasterios. Ella era una verdadera madre para sus subditos, cuidando a las viudas y los huérfanos y consolando a los doloridos.

Antes de la muerte de Santa Teofana en 893 o 894, su esposo comenzó a construir una Iglesia, intentando dedicarla Santa Teofana, pero ella le prohibió hacerlo. Fue este emperador que decreto que el domingo después de Pentecostés sea dedicado a Todos los Santos. Creyendo así que su esposa, siendo unos de los Justos, ella será honrada también cuando sea que se celebre la Fiesta de Todos los Santos.

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Saturday, June 10, 2017

CONFESIÓN DE FE - Extracto del Synodikon, en el año 843.


Como los Profetas lo han sostenido. Como los Apóstoles han enseñado. Como la Iglesia lo ha recibido. Como los maestros han dogmatizado. Como el universo ha acordado. Como la Gracia ha mostrado. Como la Verdad ha revelado. Como la falsedad se ha disuelto. Como la Sabiduría ha presentado. Como Cristo ha conferido. Así nosotros declaramos. Así nosotros afirmamos. Así nosotros predicamos a Cristo nuestro Verdadero Dios, y honramos a sus Santos en las palabras, en las Santas Escrituras, en los pensamientos, en los sacrificios, en la Iglesia, en los Santos Iconos; por una parte adorado y reverenciando a Cristo como Dios y Señor; y por otra parte honrando como los verdaderos siervos del mismo Señor de todos y ofreciéndoles por lo tanto veneración.

¡ÉSTA ES LA FE DE LOS APÓSTOLES, ÉSTA ES LA FE DE LOS PADRES, ÉSTA ES LA FE DE LOS CRISTIANOS ORTODOXOS, ÉSTA ES LA FE QUE HA ESTABLECIDO EL UNIVERSO!

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Monday, June 5, 2017

Pentecostés : El descendimiento del Espíritu Santo


En el Antiguo Testamento, Pentecostés era la fiesta que acontecía a los cincuenta días después de la Pascua de los judíos. Mientras que la pascua celebraba el éxodo de los israelitas de la esclavitud de Egipto, Pentecostés celebraba el don de Dios de los Diez Mandamientos a Moisés en el Monte de Sinaí. En la Nueva Alianza, el acontecimiento de la Pascua cobra su nuevo significado como la celebración de la victoria de Cristo cumplida con su muerte y resurrección, victoria que cumple el “éxodo” de los seres humanos desde este mundo de pecado, al Reino de Dios. Así también en el Nuevo Testamento, la fiesta de Pentecostés es cumplida y renovada por un nuevo don, el descendimiento del Espíritu Santo sobre los discípulos y sobre la Iglesia.

«Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo.» (Hechos 2,1-4)

El Espíritu Santo que Cristo había prometido a sus discípulos llegó en el día de Pentecostés. (Juan 14,26; 15,26; Lucas 24,49; Hechos 1,5) Los apóstoles recibieron el “poder de lo alto”, y comenzaron a predicar y atestiguar a Jesús como el Cristo Resucitado, el Rey y el Señor. Tradicionalmente se refiere a este momento como el “cumpleaños” de la Iglesia.
En los oficios litúrgicos de la fiesta de Pentecostés, se celebra la venida del Espíritu Santo junto a la revelación plena de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se manifiesta la plenitud de la divinidad con la venida del Espíritu Santo a la humanidad, y los himnos de la Iglesia celebran esta manifestación como al acto final de la auto-revelación de Dios al mundo, y el don último que Dios hace al mundo. Por esto, el Domingo de Pentecostés, de acuerdo a la tradición Cristiana Ortodoxa, también se conoce como el Domingo de la Trinidad. En este día el icono de la Santísima Trinidad – particularmente el de las tres figuras angélicas que aparecieron a Abraham, el ancestro de la fe cristiana, -- es colocado en medio del templo. Se utiliza este icono junto al tradicional icono de Pentecostés que demuestra las lenguas de fuego sobre las cabezas de María y los Doce Apóstoles, el prototipo original de la Iglesia, ellos mismos sentados en unidad alrededor de la imagen simbólica del “cosmos”, el mundo.

En el día de Pentecostés tenemos el cumplimiento final de la misión de Jesucristo, y la inauguración de la era mesiánica del Reino de Dios, místicamente presente en este mundo en la Iglesia. Por lo tanto, el día cincuenta es el inicio de la época que está más allá de las limitaciones de este mundo, siendo cincuenta el número que representa el cumplimiento eterno y celestial en la espiritualidad mística, tanto judía como cristiana: siete veces siete, más uno.

Así, se le llama a Pentecostés el día apocalíptico, que significa el día de la revelación final. También se le llama el día escatológico, que significa el día del final último y perfecto (en griego, la palabra “eschaton” quiere decir “el final”.) Pues cuando llega el Mesías y el día del Señor está pronto, se inauguran los “últimos días” en que «Dios declara […] Derramaré mi espíritu sobre toda carne». Esta es la antigua profecía a la cual se refiere el Apóstol Pedro en el más antiguo Sermón de la Iglesia Cristiana que fue predicado en el primer Domingo de Pentecostés. (Hechos 2,17; Joel 2,28-32)

Nuevamente debemos insistir que la celebración de Pentecostés nos es un mero recordatorio de un acontecimiento que sucedió hace muchísimo tiempo. Es la celebración de lo que debe suceder y lo que, de hecho, sucede a cada uno de nosotros hoy en la Iglesia. Todos nos hemos muerto y resucitado junto al Mesías-Rey, y todos hemos recibido el Santísimo Espíritu. Devenimos “templos del Espíritu Santo.” El Espíritu de Dios habita en nosotros. (Romanos 8; I Corintios 2 al 3, 12; II Corintios Gálatas 5; Efesios 2 al 3) Nosotros, ya que pertenecemos a la Iglesia, hemos recibido “el sello del don del Espíritu Santo” en el sacramento de la Crismación. Pentecostés ya ha acontecido en cada uno de nosotros.

La Divina Liturgia de Pentecostés recuerda nuestro bautismo en Cristo con el versículo de la carta a los Gálatas nuevamente reemplazando el Trisagion: «Vosotros que en Cristo os bautizasteis de Cristo os revestisteis. Aleluya.» Este himno también se canta en lugar del Trisagion en el Sábado de Lázaro y en la Pascua de Resurrección.

Las lecturas de la Epístola y del Evangelio hablan de la venida del Espíritu Santo al ser humano. El kontakion canta de cómo la confusión de Babel fue revertida al reunir Dios a todas las naciones en la unidad de Su Espíritu. El tropario proclama la reunión del universo entero en la red de Dios, mediante la inspirada obra de los pescadores convertidos en apóstoles. Por primera vez desde la Pascua de Resurrección, se vuelve a cantar los himnos

«Oh Rey Celestial, Paráclito, Espíritu de Verdad, que estás en todas partes y todo lo llenas, ven y mora en nosotros, purifícanos de toda mancha, y salva nuestras almas, oh Bondadoso.»

«Hemos visto la luz verdadera, hemos recibido el Espíritu Celestial. Hemos hallado la verdadera fe. Adoremos la Trinidad Indivisible, pues ésta nos ha salvado.» (se canta después de la comunión)

llamando al Espíritu Santo a que venga a habitar en nosotros, y proclamando que “hemos recibido al Espíritu Celestial.” El templo está adornado con flores y ramas y hojas verdes, para demostrar que el Aliento o Soplo divino viene como el “Espíritu Vivificador” para renovar toda la creación. En Hebreo, la palabra que quiere decir Espíritu, aliento y viento es una sola, rúaj.

«Bendito eres Tú, oh Cristo Nuestro Dios, que mostraste llenos de sabiduría a los pescadores, derramando sobre ellos el Espíritu Santo. Y por medio de ellos conquistaste el universo. Oh Amante de la Humanidad, Gloria a Ti.» (Tropario)

«Cuando el Altísimo descendió y confundió las lenguas, Él dividió las naciones. Mas cuando distribuyó las lenguas de fuego, llamó a todos a la unidad. Por lo tanto, unánimes, glorificamos el Santísimo Espíritu.» (Kontakion)

El oficio de Vísperas Mayores de Pentecostés es caracterizado por tres largas oraciones durante las cuales los fieles se arrodillan por primera vez desde la Resurrección. De acuerdo a la tradición local en algunas iglesias, los fieles no se arrodillan en ningún oficio u otro momento de oración a partir de la Pascua de Resurrección hasta Pentecostés, simbolizando su alegría, además del hecho de que todos hemos sido levantados de la muerte a la vida.

En la Iglesia Ortodoxa, el día lunes después de Pentecostés se conoce como la fiesta del Espíritu Santo, y el domingo después de Pentecostés es la fiesta de Todos los Santos. Esta es la secuencia lógica ya que la venida del Espíritu Santo logra su acabamiento en la santificación de la humanidad, fin último de la creación y salvación del mundo. “Así dice el Señor: Vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque Yo, Tu Dios, soy santo.” (Levítico 11,45-46; I Pedro 1,15-16)

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Wednesday, May 31, 2017

La Importancia de los Santos en la Iglesia Ortodoxa


La Iglesia Ortodoxa venera a la Virgen María y la considera más honorable que los Querubines, e incomparablemente más Gloriosa que los Serafines y supera a todos los Seres Creados. La Iglesia ve en la Madre de Dios, la Intercesora delante de Su Hijo por todo el género humano y constantemente reza a Ella por esta intercesión. Existe un sentimiento muy profundo de amor y veneración hacia la Virgen María de parte de la gente ortodoxa y, por medio de este sentimiento, el corazón de ellos está lleno de una vivificante calidez que penetra toda la persona. El cristianismo ortodoxo consiste en la vida en Cristo y en el contacto espiritual con Su Purísima Madre; la fe en Jesucristo, como el Hijo de Dios, y en la Virgen María; el amor a Cristo es inseparable al amor hacia Su Madre. En un solo aliento la Iglesia Ortodoxa llama el nombre santísimo de Jesús juntamente con el dulce nombre de María (así como en los iconos de la Madre de Dios, generalmente Ella es representada juntamente con Su Niño eterno) sin crear diferencias en el amor hacia ellos. Aquel que no venera a la Virgen María no conoce a Jesucristo, y si la fe en Cristo no incluye la veneración de la Virgen, entonces esa fe es ajena, otro cristianismo, diferente al que representa la Iglesia. Así es que existe otro cristianismo, ajeno al ortodoxo, que se llama protestantismo, el cual básicamente contiene en sí una incomprensible insensibilidad con respecto a la Madre de Dios, la cual comenzó a manifestarse desde el momento de la Reforma, y se aleja más que nada de la Iglesia cristiana Ortodoxa y Católica. Esto se debe a la ignorancia dogmática y por esta razón, el entendimiento de la reencarnación pierde su plenitud y fuerza. La idea del Dios-Hombre está relacionada con la consagración y glorificación de la esencia humana, en primer lugar, la Virgen María.
La Iglesia Ortodoxa no está de acuerdo con el dogma católico escrito en el año 1854 sobre la inmaculada concepción de la Virgen María, significando que Ella, cuando nació, fue protegida del pecado original. Si este fuese el caso, Ella estaría separada del género humano y ya no podría ser Aquella por medio de la cual el Señor recibió la esencia humana. Pero la Iglesia Ortodoxa considera que la "Inmaculada" no tenía Pecados Personales. La relación de la Virgen María con Su Hijo no finaliza únicamente con el nacimiento del Señor, sino continúa en la misma medida en la cual indivisiblemente se unieron en Él las dos esencias, Dios y Hombre. Debido a Su gran humildad, la Virgen María queda aislada durante el tiempo de la misión de Jesucristo en la tierra, y sale de este aislamiento en el momento cuando presenció los sufrimientos de Su Hijo en la Cruz sobre el Gólgota. Por medio de los sufrimientos maternales, juntamente con Su Hijo, Ella siguió el camino al calvario y compartió con Él Su calvario. Ella fue la primer copartícipe de Su resurrección. La Virgen María es el punto real e invisible sobre el cual se concentra la Iglesia apostólica. Habiendo experimentado la muerte natural, en Su Asunción Ella no quedó presa del proceso de descomposición del cuerpo, sino, según la fe de la Iglesia, Ella fue resucitada por Su Hijo y permanece en Su glorioso cuerpo a la diestra de Él como la Reina del Cielo.
Un lugar muy importante en la Iglesia Ortodoxa ocupa la veneración de los Santos. Los Santos representan a los Protectores y Oradores en el Cielo por Nosotros, y por esta razón son los miembros activos de la Iglesia que lucha aquí en la tierra. La presencia de la gracia de los Santos en la Iglesia por medio de los iconos y sus reliquias como una nube nos rodean por la gloria de Dios por medio de sus oraciones. Este hecho no nos separa de Dios, sino nos une y acerca más a Él. Ellos no son intercesores entre Dios y la gente, sino oradores que rezan con nosotros, nuestros amigos, y ayudantes en nuestro servicio a Cristo y de nuestra unión con Él. Los fundamentos dogmáticos para la veneración de los santos justamente consisten en esta relación. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y los que se salvan en la Iglesia reciben la fuerza y vida en Cristo, se adoran y se convierten en "dioses por la Gracia." Aunque el destino de la persona se decidirá en el Juicio Final, sin embargo, en el juicio preliminar, inmediatamente después de la muerte, es evidente la predestinación de la gloria y corona de la santidad de esta persona, pues el juicio es únicamente la manifestación de su condición espiritual. "La vida eterna" en Dios comienza aquí, en la Tierra, sobre las olas del tiempo y su profundidad es la eternidad, pero cuando la persona abandona este mundo se convierte en la definición del principio de la existencia.
La ortodoxia explica que la razón de la glorificación de los santos no se debe a que los santos tengan ciertos méritos delante de Dios y que por medio de ellos tengan ciertos derechos de recibir de Dios una gratificación, que ellos podrían compartir con los que no la tienen. La causa es que los santos, por medio de sus sacrificios de fe y amor, llegaron a realizar en sí la semejanza de Dios y con esto manifestaron, por medio de la fuerza de Dios, una personalidad mediante la cual ellos atraen la gracia de Dios. Jesucristo participa en la purificación del corazón de la persona por medio del sacrificio del alma y del cuerpo de la última, siendo ésta su salvación: "El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él" (Juan 14:23). Sobre el camino de la salvación la gente es transformada de cantidad en cualidad, o sea que para ellos se define el destino eterno. Detrás de este umbral se prepara su salvación, decisivamente y auto-definida, comienza el crecimiento de la gracia para cada persona de acuerdo a su imagen personal y la condición de su espiritualidad. La santidad es tan diversa como las individualidades de la persona. El sacrificio de la santidad siempre contiene en sí un carácter de creación individual.
La santidad, antes que nada, es una salida de una condición incierta hacia la victoria, por medio de la cual se liberan las fuerzas para una activa oración de amor. Los santos nos pueden ayudar, no por fuerza de sus méritos, sino a fuerza del recibimiento por ellos de la libertad espiritual en el amor, conseguida por medio del sacrificio. Esta libertad espiritual les otorga la fuerza de poder representarnos delante de Dios por medio de la oración y, así mismo, en el amor activo hacia la gente. Igual que a los ángeles, Dios otorga a los santos la posibilidad de manifestar Su voluntad en la vida de la gente por medio de una ayuda invisible. Ellos son como las manos de Dios por medio de las cuales Dios cumple Su voluntad. También por esta razón a los santos se les da la posibilidad de manifestar las acciones de amor, no en calidad de sacrificio para la salvación de ellos (debido a que la salvación de los santos ya fue realizada), sino realmente para la salvación de sus hermanos aquí en la tierra. La medida de la fuerza de esta intervención activa está de acuerdo a la medida del espíritu y el tamaño del sacrificio: "pues una estrella es diferente de otra en gloria" (1 Cor. 15:41).
¿Cómo conoce la Iglesia el misterio del juicio de Dios con respecto a aquellos santos que ella canoniza y cómo se realiza la canonización de los santos? La respuesta a esta pregunta está en las evidencias de las testificaciones de los diferentes signos manifestados de diversas formas (como los milagros, las reliquias que no se descomponen y más que nada la gracia perceptible por medio de la ayuda hacía nosotros). Las autoridades de la Iglesia, por medio del acto de la canonización, únicamente testifican esta evidencia. La decisión yace sobre la conciencia del concilio de la Iglesia que legaliza la veneración de los santos. La canonización puede ser regional o general. En la Iglesia Ortodoxa, para este acto, no se estableció como en la Iglesia Católica una forma tan terminada en cuanto al proceso de canonización sino, más bien, se realiza por medio de un acto que yace sobre las autoridades de toda la Iglesia en general o local. No se acaba la santidad en la Iglesia, pues ella conoce a sus santos elegidos durante todo el tiempo de su existencia. Uno de los santos más grandes de la Iglesia de nuestros tiempos es San Serafín de Sarov. También tenemos una inmensa cantidad de mártires por la fe cristiana que sufrieron y fueron asesinados durante la persecución de la fe en Rusia, comenzando el año 1917. La historia de la humanidad no recuerda semejante horror. Ellos, con su sangre, glorifican a Dios, pero la santidad de ellos todavía permanece en secreto y la canonización de muchos mártires se decidirá en el futuro. Al mismo tiempo, el futuro manifestará nuevas imágenes de santidad, de acuerdo a su época, y creemos que con el aura se coronará la santidad y creatividad de la humanidad, en nombre de Jesucristo.
Aparte de venerar a los santos, igualmente se veneran sus restos, sus santas reliquias. A veces sucede que el cuerpo del santo no se descompone, y esto se considera como un signo de su santidad; sin embargo, esto no es una regla general y no es necesaria para su canonización. Pero a pesar de esto, si los restos de los santos quedaron intactos (no en todos los casos) ellos se veneran de una forma especial; muchas veces pequeñas partes de sus reliquias se colocan sobre el antimins, sobre el cual se celebra la liturgia (en memoria de la Iglesia de los primeros siglos, cuando se celebraba la misa sobre las reliquias de los mártires). La veneración dogmática de los restos (igual que los iconos de los santos) se basa sobre la fe en la existencia de una relación del Espíritu Santo con estos restos físicos muy especial, esta relación no se destruye por la muerte. La última limita sus fuerzas con respecto a los santos, los cuales con sus almas no abandonan totalmente sus restos y están unidos con ellos por medio de una presencia de gracia muy peculiar hasta la partícula más pequeña. La reliquia es un cuerpo que de una forma anticipada a la resurrección general de la humanidad, es glorificado, aunque, de igual manera que los demás, está en espera de ésta glorificación general de todos aquellos que la merecen. La reliquia es semejante a la condición del cuerpo del Señor cuando Él se encontraba todavía en la tumba, abandonado por el alma, pero sin ser abandonado por Su Espíritu Celestial, esperando su resurrección.
Los santos en su totalidad, encabezados por la Madre de Dios y San Juan Bautista, son participes de la Gloria de Dios con respecto a la creación del hombre, en ellos se justifica la Sabiduría. Esta idea está expresada en un versículo en el servicio a los santos: "DIOS está en la reunión de los dioses; En medio de los dioses juzga" (Salmos 82:1). "Divino es Dios a Sus santos, Dios de Israel." A la eterna gloria de Dios en la creación corresponde también la gloria del mundo animal, "la muchedumbre de los dioses" es la victoria de la creación.
Pero la gloria de Su creación no sólo consiste en el hombre, sino también en el mundo de los ángeles, no sólo los seres de la "tierra" sino también los del "cielo." La fe Ortodoxa confiesa la enseñanza sobre los ángeles y los venera de una manera similar como a los santos. Igual que los santos, los ángeles son los oradores e intercesores del género humano, y nosotros nos dirigimos a ellos con la oración. Pero este acercamiento no aleja la distinción que existe entre el mundo de las fuerzas incorpóreas y el género humano. Los ángeles representan una forma muy peculiar de la creación, la cual igualmente está en contacto con la humanidad, y le es muy cercana. Igual que la gente, los ángeles llevan en sí la imagen de Dios. Su plenitud es inherente únicamente al hombre debido a que él posee un cuerpo, siendo de esta forma parte del mundo físico, el cual él posee por las reglas establecidas por Dios. Los ángeles, siendo seres incorpóreos, no poseen su propio mundo, pero debido a la ausencia de una naturaleza propia, ellos son compensados mediante la cercanía a Dios y vida con Él.
En la Religión ortodoxa existe la costumbre de otorgar un nombre a la persona durante el Bautismo en honor de algún Santo. Estos Santos se llaman "Angeles," o sea, es como un ángel con respecto al Bautizado. El día del Santo, se llama también, día del Angel. Este uso de la palabra indica que el santo y el ángel guardián están cerca uno del otro en el sentido que sirven juntos a esta persona. Debido a esta razón, los dos se llaman ángeles (Pero no se unen). En caso de un cambio del estado espiritual, como si representando un nuevo nacimiento, se cambia el nombre, justamente durante la tonsura al monacato, y la persona se entrega a un nuevo santo.
La Veneración de los Santos ángeles y los Santos en la Iglesia Ortodoxa, crean una atmósfera de una familia espiritual llena de un profundo amor y paz, sin poder estar separada del amor hacia Cristo y Su Cuerpo: la Iglesia.

Catecismo Ortodoxo 

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